DE VEZ EN CUANDO

Autora: Raquel Badillo de Santos.
Enfermera Hospital de Día Oncohematológico.

Llevaba varias semanas acordándome, pensando qué ha sido de ella. Es muy joven. Tiene una niña pequeña de 7 años y un marido que se deshace en atenciones con ella en cada ciclo de quimioterapia y en cada visita al hospital. También tiene un sarcoma en el muslo.

A veces, un paciente cambia de hospital por diferentes situaciones como por ejemplo al ser incluido en un ensayo clínico o porque en otros centros son referentes en determinadas patologías, y muchas veces acabas perdiendo el contacto con ese paciente y su familia. Es lo que me pasó con ella.

Tuve una reunión con el oncólogo que la trató en mi hospital y para mis adentros me decía “que no se me olvide preguntarle por ella, si ha tenido alguna noticia de cómo le ha ido el tratamiento y la operación”. Al final, con las prisas de tener que continuar cada uno con su trabajo, no le pregunté.

Apenas 2 minutos más tarde al volver a Hospital de Día, por casualidades de la vida que muchas veces cuesta entender, me encuentro a su marido sentado en un sillón en el papel de paciente. Él ya estaba hablando con otras dos compañeras que también conocieron a su mujer durante el tratamiento de quimioterapia.

Al verle, me quedé de piedra, sin saber cómo preguntarle por su mujer ya que por el tumor agresivo que tenía y el tiempo que había pasado desde que la vi por última vez. Me esperaba el peor de los finales. Me imaginaba que ella ya no estaba con nosotros.

Efectivamente, había fallecido hace 3 semanas, aproximadamente las que llevaba preguntándome cómo estaría.

Él necesitaba desahogarse y nosotras necesitábamos apoyarle. Fue una relación enfermera-paciente-familia de pocos meses, pero recuerdo la primera vez que entró en la consulta para que le explicase los efectos que podía tener con la quimioterapia que iba a recibir y resolver todas las dudas que produce el diagnóstico de un cáncer y el tratamiento. Recuerdo cuando venía a darse el tratamiento a veces en silla de ruedas y otras arrastrando la pierna donde tenía el tumor, a pesar del dolor o del edema que le dificultaba caminar, con unas ganas incansables de luchar.

Él nos explicó cómo su hija de 7 años había madurado, la dureza del momento, y la fortaleza en esos momentos tan difíciles cómo es tener que decir adiós a tu madre por última vez y más a tan corta edad. Nos contó orgulloso cómo había sido, es y será su pequeño gran apoyo.

Sí, me emocioné ese largo rato que estuvimos con él. Y no es algo de lo que nos tengamos que avergonzar ni algo que tengamos que ocultar.

Recuerdo que el primer día de clase en la Universidad lo primero que hicieron fue ponernos fotografías bastante impactantes y desagradables de todo lo que veríamos en el futuro como enfermeros. La razón que nos dieron es que si no éramos capaces de ver fracturas de huesos, úlceras, hemorragias o un cuerpo deformado por un accidente, sería mejor que dejásemos la carrera en ese momento.

Sin embargo, no nos hablaron de cómo nos podía afectar prestar cuidados a un paciente al crear un vínculo con él y su familia. Más tarde, gracias a la asignatura de Cuidados Paliativos me acerqué más al cáncer, a todo el proceso que conlleva y a cómo afecta a las personas que lo sufren como pacientes o como familiares.

Hay pacientes y situaciones que te llegan más y con los que mantienes un vínculo más estrecho, aunque no sepas de ellos en algunos meses como fue mi caso.

No me arrepiento de haberme emocionado junto a un paciente que recordaba a su mujer a la que había perdido tan recientemente, por ello no voy a ser ni seré mejor o peor enfermera, ni prestaré unos cuidados con mayor o menor calidad.

Nos dicen que no nos impliquemos demasiado, que no nos llevemos las situaciones que vivimos a nuestras casas, pero a veces, es inevitable. Estudiamos una carrera con una gran vocación social, donde la enfermera junto con los auxiliares de enfermería somos algunos de los profesionales sanitarios que más tiempo pasamos con el paciente y su familia.

Y sí, de vez en cuando, las enfermeras también nos rompemos.

Lo necesitamos, necesitamos “resetear” para poder coger fuerzas y continuar prestando nuestros cuidados. Al igual que todos los profesionales sanitarios, vivimos situaciones muy duras, desagradables y difíciles, pero en cuanto sales del hospital te espera tu vida fuera con tu pareja, tus amigos, tus padres, tus hijos. Tienes que intentar que no te afecte, pero hay días malos.

En una planta de Oncología o en el Hospital de Día, como es mi caso, pasamos muchas horas junto a ellos a lo largo de meses o años. Sabemos cuándo van a ser abuelos porque a veces sólo le piden a la vida que les dé 6 meses más para poder conocer a su nieto, o 3 meses más para poder acudir a la boda de su hija como padrino o tan sólo unos días para que su hijo pueda coger un vuelo desde el otro lado del Atlántico y se pueda despedir de él.

Al final, es inevitable no saber de ellos, y ellos de ti. Te entristeces cuando a algunas personas la situación familiar, económica y/o social les complica aún más su enfermedad o cuando ves que no han llegado a vivir ese momento que tanto esperaban.

Vemos mucha gente que supera la enfermedad, pero también vemos otra mucha que no lo consigue.

Ser enfermera oncológica me ha permitido conocer la fortaleza del ser humano en situaciones límites cuando la enfermedad va avanzando, ver cómo a pesar de la toxicidad por los tratamientos, de los dolores, de las complicaciones derivadas del cáncer, de la falta de apetito y de apenas tener fuerzas, siguen adelante y te transmiten esas ganas constantes de vivir.

Por supuesto, en un Hospital de Día Oncológico también hay muchos motivos de celebración y de alegría. Somos testigos del amor y el apoyo incondicional de las familias y los amigos. Esos momentos cuando los pacientes celebran con sus enfermeras su cumpleaños con un bizcocho casero, cuando han sido abuelos y se les cae la baba enseñándote las fotos de su nieto, cuando acaban los ciclos de quimioterapia previstos, cuando les dan “un descanso” de la quimioterapia porque la enfermedad está estable y se pueden ir a la playa a desconectar de tantas analíticas y médicos, cuando el tratamiento es efectivo y en el TAC se han reducido el tumor o las metástasis.

Así que sí, en las unidades de Oncología también tenemos momentos de mucha felicidad.


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