NO TE QUEDES CON LAS GANAS

Sueña como si fueras a vivir para siempre y vive como si fueras a morir hoy.

Esta frase no es mía, sino del famoso James Dean. La había leído con anterioridad pero nunca había tenido tanto sentido para mí hasta el día que me diagnosticaron cáncer de mama. Sí, mi historia no es precisamente un camino de rosas ya que, a mis 33 años, la vida me cambió. Pero antes comenzar, vayamos al principio de todo.

Me llamo Ana María y nací en Madrid en el año 1982. Crecí y viví en el castizo barrio de Lavapiés, donde pasé los años más felices de mi infancia. Mi vida era tranquila, con mis padres, hermanos y el resto de la familia juntos, reuniéndonos los domingos a comer y a dar un paseo por el Retiro para acabar bien el fin de semana.

A medida que iba creciendo, ya en el instituto, comencé a tener nuevas inquietudes: me llamaban mucho la atención los idiomas, el poder comunicarme con toda clase de personas y la posibilidad de explorar nuevos horizontes. Yo siempre había estado en Madrid, la persona de mi familia que vivía más lejos de nosotros era simplemente a la vuelta de la esquina y, personalmente, comenzaba a sentir la necesidad de investigar, conocer nuevas culturas y abrir mi mente en nuevas direcciones. Quizá esa fue la razón por la que, tras acabar Bachillerato (por aquel entonces, COU), me decanté por ir a la universidad y estudiar Turismo, ¿qué mejor carrera para iniciar la vida que quería tener en el futuro?

De esa forma, pasé los años en facultad: nuevos amigos, experiencias, amores… La idea de salir al extranjero continuamente rondaba en mi cabeza: una estancia Erasmus, un curso de inglés en otro país, un intercambio… No obstante, siempre tenía el mismo problema: el miedo. Cuando ya tenía la solicitud preparada y lista para enviar, ahí estaba yo, frente al buzón, hecha un manojo de nervios. Pero, tras unos minutos de indecisión, la rompía y pensaba “mejor al año que viene”. Ese conflicto quiero-no puedo estaba permanentemente presente en mí y, desgraciadamente, siempre acababa ganando el temor: ¿qué iba a hacer yo sola en un sitio completamente nuevo y rodeada de gente desconocida? La idea me parecía aterradora a la vez que atractiva, pero nunca me atreví a dar ese paso.

Así, los años de estudiante pasaron y nunca llegué a irme fuera, ni siquiera unos meses durante el verano, por lo que mi vida siguió transcurriendo en Madrid, mi zona de confort.

Una vez graduada, cuando me puse a buscar trabajo, también me planteé la posibilidad de intentarlo fuera; sabía tres idiomas, no tenía ninguna responsabilidad que me atase a la ciudad donde había nacido y muchos de mis compañeros de la facultad habían elegido esa opción. Por lo tanto, ¿por qué no? Yo podía hacer lo mismo y empezar a vivir lo que realmente consideraba mi sueño. Sin embargo, una vez más, no llegaba a dar el paso que me abriría las puertas hacia esa otra posible vida. Así que, simplemente, me conformé con mi puesto en la Oficina de Turismo de la Estación de Atocha, un trabajo que me hacía feliz, aunque se alejaba mucho de lo que siempre había deseado.

Hasta este punto, mi vida transcurría como la de cualquier otra persona de la capital: trabajo, casa, familia, amigo… Una rutina a la que es fácil acostumbrarse y acomodarse. Sin embargo, el día 11 de diciembre del 2015, fue punto y aparte que puso toda mi vida patas arriba. Simplemente iba a recoger los resultados de la mamografía rutinaria anual que me había hecho un mes antes, sin ningún tipo de expectativa ni preocupación. Pero todo cambia cuando entras en la consulta y el médico te dice con cara muy seria que te sientes, que han visto unos bultos en tu pecho y que no parecen ser precisamente “buenos”. Todo tu mundo se descompone y entras en una especie de embudo en el que no puedes ver ni oír nada de lo que hay a tu alrededor. ¿Esto que está pasando es realmente cierto? ¿He escuchado bien?

Todo lo que sigue a esa situación durante los siguientes meses es muy confuso: visitas frecuentes al hospital, pruebas médicas continuas, el cambio de actitud de todas las personas que te rodean… Pero, lo más importante de todo, una vez eres consciente de que sí, tú eres la protagonista de esta historia y sí, esto te está pasando a ti y hay que aceptarlo, es el cambio que se produce en tu mente. La forma en la que siempre has visto las cosas se modifica y relativiza, comienzas a otorgar más importancia a pequeños detalles a los que antes apenas habías prestado atención y, aunque sea “gracias” a esta nueva situación, te replanteas lo que verdaderamente es importante en la vida. ¿Trabajo? Realmente es tu medio para vivir, pero no debería ser el centro de todo ¿Un coche bonito y el último móvil del mercado? Con que cumplan la función para la que están hechos, tampoco se necesita el mejor modelo disponible.

Y es entonces cuando te das cuenta de lo que realmente te hace feliz: tu familia y su apoyo incondicional, tus amigos y esos ratos con ellos tomando algo en el bar de siempre, ese fin de semana que pasaste con tu hermana en la Playa de San Juan… Son momentos a los que les deberíamos dar más importancia porque realmente son los que definen nuestra vida y que, cuando tengamos 80 o 90 años, recordaremos y nos harán sonreír.

Por otra parte, esta enfermedad también hace que pienses en todas aquellas cosas que no has hecho a lo largo de todos los años, aunque te hubiera encantado: saltar en paracaídas, ese viaje en caravana que siempre has tenido en mente… Y, en mi caso, ir al extranjero. Cuántas veces había pospuesto ese momento y cuánto me arrepentía de ello ahora. Como se suele decir, nunca aprecias algo lo suficiente hasta que lo pierdes, y ahí estaba yo, ahora sin saber si en algún momento podría llegar a cumplir mi sueño debido al cáncer que me habían diagnosticado. Es curioso cómo cambias la perspectiva de todo cuando estás inmersa en una situación así y es cuando realmente te das cuenta de la brevedad de la vida y la fugacidad de los momentos. Este instante, el que está sucediendo ahora mismo, nunca más se va a volver a repetir, y disfrutarlo es la responsabilidad de cada uno de nosotros. Cuántas experiencias me perdí por no haberme atrevido en su día, cuántas historias que nunca podré contar porque nunca sucedieron y cuántos amigos (o incluso el amor) dejé de conocer por no haber dado ese salto hacia lo desconocido. Esta enfermedad marcó mi vida, y no sólo por la enfermedad en sí, si no porque fue el momento en el que me di cuenta de que el miedo había gobernado siempre una parte de mi historia y que, en consecuencia, no me había dejado vivir.

Por todo ello, años después, tras mucha lucha y una esperanza nunca perdida, superada la enfermedad y viéndola con perspectiva, puedo decir alto y claro que soy una nueva persona, una nueva versión mejorada de mi Yo anterior. En este tiempo por fin he viajado por los países que siempre había querido, conocido nuevas culturas, gente y he vivido momentos que, durante el resto de mi vida, permanecerán en mi mente y en mi corazón. Por esto, el mensaje que quiero transmitir no es sólo a todas aquellas personas que están pasando por la misma difícil situación que me tocó a mí en su momento, si no a todas las que estén leyendo mis palabras. Simplemente, ¡no te quedes con las ganas!

Álvaro Ruiz

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