PONTE EN MIS ZAPATOS

“Ponte en mis zapatos” por Daniel Mercado Cabrejas (TES SAMUR-PC Madrid)

No recuerdo ni como, ni por qué, me embarqué en este proyecto tan ilusionante y tan necesario a la vez. En el que diferentes categorías profesionales del sector de la salud, junto con cuidadores, familiares y pacientes decidieron, o decidimos, hacer visible la vuelta de rosca que nos puede dar la vida en cualquier momento.

En la actualidad, con el coronavirus, como (según se observa en los medios), “el azote divino que todo lo puede y lo destruye”, se nos olvidan otras pandemias reales y más normalizadas como el cáncer. Como la hipertensión arterial, la obesidad, el sedentarismo, la soledad, la depresión, y el suicidio. Siendo éstas mucho más graves, y llevándose de nuestro lado, poco a poco, a miles, a millones de personas todos los años. Sabiendo que en muchas ocasiones una parte de estas pandemias pueden ser prevenibles, o al menos, minimizar o retrasar los daños irreparables que provocan.

Pero toda esta introducción solo viene para dar a conocer una iniciativa promovida por #juntosXtusalud y #juntosXelcancer, y mostrar, desde mi humilde punto de vista, como Técnico en Emergencias Sanitarias, (sí, esos chicos y chicas que van en todas las ambulancias y vehículos de emergencias y de traslado no urgente que soléis ver pasar por las calles de todas las ciudades del mundo), los diferentes sentimientos y emociones que puede una persona transmitir durante una atención sanitaria cuando sufre, ha sufrido o tiene miedo de sufrir una enfermedad como es el cáncer.

En mis más de 24 años como profesional de la salud en el entorno extrahospitalario, me he “enfrentado” a situaciones tan dispersas y diferentes que podría escribir unos cuantos volúmenes contando anécdotas o batallitas de cada una de ellas. Pero en esta ocasión voy a exponer varios sucesos que me hicieron, y espero te hagan, pensar y reflexionar en como podemos ayudar, apoyar o simplemente estar ahí ante este tipo de pacientes, y aprender de ellos para ser mejores profesionales y dar la mejor calidad asistencial posible. No todo es tratamiento tradicional o sintomático. Existe el tratamiento emocional, que por unos segundos, te hace ponerte, aunque sea de pasada, en los zapatos del paciente.

No hace mucho atendí a “María” una mujer de apenas 60 años que llevaba luchando contra esta enfermedad desde hace 5 años. Nos habían reclamado por una persona en una zapatería mareada y pálida. Al llegar al lugar de intervención, nos encontramos con esos mismos signos y síntomas. Tras una primera valoración in situ, decidimos subir a la Unidad de Soporte Vital Básico, y tranquilamente, atender a la persona en un medio más relajado y lejos de muchas personas que pasaban y “cotilleaban” qué es lo que había ocurrido.

Tras otra evaluación, “María” nos rogaba que encontráramos lo que encontráramos durante la valoración, no la llevásemos al hospital. Estaba cansada de ir, que ya se le pasaría y sólo tenía ganas de irse a casa. Un lugar conocido y en el que se encontraba mas a gusto.

Las constantes marcaban una hipotensión importante. Sin entender como podía mantenerse en pie, se recomendó su traslado al hospital de referencia, o al menos, al Centro de Salud más cercano, recibiendo siempre un NO como respuesta.

Tras varios minutos tratando de “levantar” esa tensión, comencé a charlar con ella. Empezando a entender toda esa negativa a acudir a un Centro Sanitario.

Llevaba más de 20 visitas por sucesos parecidos a este en los últimos 6 meses, teniéndose que quedar ingresada en varias ocasiones, separándose de lo que más quería, sus nietos, y teniendo la responsabilidad “asumida” de abuela y madre a la vez, en la época actual. Donde prácticamente ella cuidaba, sustentaba y gobernaba a la familia entera.

En este momento lo que menos importa es como se resolvió el aviso. Pero si me hizo ver, que en muchas situaciones, la persona, aun teniendo una salud delicada, no deja de tener responsabilidades en el día a día para con los suyos. No sabiendo, claramente, como poder ayudarla para mejorar esta coordinación.

Serían las 15.30 horas de un día sin mucho frío ni mucho calor. De esos que con el polo y una chaqueta fina del trabajo, te sientes cómodo. Pero como nunca sabes, en que momento te van a sacar de esa zona de confort, aquí vino mi amigo “Paco” con un tropiezo, posterior caída y heridas en la cara. “Pero, caballero ¿qué le ha pasado?” le dije al ver como nos sonreía al llegar junto a él.

“Paco” tendría unos ochenta y pico años, bien vestido, educado y muy alto, todo un señor, muy colaborador con la dotación de la ambulancia.

Una vez dentro de la misma, vino lo que no me esperaba durante la valoración o entrevista del paciente. Tomaba todo tipo de medicaciones para todas las patologías que un profesional de las emergencias pudiera imaginar, pero claro, no sólo eran tratamientos directos para luchar contra el cáncer, eran para tratar lo que trataba lo tratado. Me explico, analgésicos para el dolor, que le producían estreñimiento, que a su vez, éste último le producía malestar abdominal, que a su vez interactuaba con la pastilla de la tensión, que a su vez le impedía tener una vida plena, que a su vez, se trataba con otra pastilla, que a su vez, le producía hipertensión, que a su vez se solventaba con otro diurético, que a su vez, le producía algún tipo de infección. Y así, podríamos seguir mucho tiempo.

En ese momento, aprendí que la persona que sufre esta enfermedad y quiere seguir con su vida lo más normal posible, tiene que estudiar para médico, farmacéutico y/o psicología motivacional, ¿cómo podía recordar tantas pastillas, dosis, forma y color?, ¿cómo con ochenta y pico años tenía esa memoria de elefante y un humor de auténtico crack?.

Bien, este tipo de sucesos son los que te hacen replantearte la formación que disponemos en los servicios de emergencia extrahospitalarios y hospitalarios ante estas personas, que te hacen ver tu trabajo desde una perspectiva mucho más elevada.
Su perspectiva, la que ellos están viendo y viviendo cada día.

La necesidad de saber escuchar, hablar, dirigirse, moverse, gesticular a un paciente, puede ayudar a éste a tomar la decisión que consideremos mejor para el suceso por el que hemos acudido.

Lo que queda claro, es que todos hemos sido, somos y seremos pacientes y siempre nos encantaría encontrarnos con una persona con conocimientos, experiencia y sobre todo, gran corazón.


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