EL SENTIMIENTO DE LA VULNERABILIDAD

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El sentimiento de vulnerabilidad

Los pacientes se sienten vulnerables. Esto es así porque tienen un problema que no pueden resolver por sí mismos y se tienen que poner en manos de otra persona para que les ayude. Cuando estamos en esta situación es normal tener dudas sobre si nos van a ayudar. Por este motivo, el antídoto contra el sentimiento de vulnerabilidad es la confianza. Es decir, poder contar con que otra persona se va a comportar como es esperable.

A lo largo de nuestra vida cotidiana podemos sentir lo que supone depender de otras personas. En ocasiones, necesitamos ayuda, por ejemplo, porque se nos han quedado las llaves dentro de casa y tenemos que avisar a un cerrajero; podemos necesitar un taller mecánico al que llevar nuestro coche, que nos reparen la wifi, o una tubería que se ha roto y el agua inunda nuestra casa, etc. Todos podemos depender de todos en algún momento porque no podemos tener conocimientos infinitos, ni cubrir todas nuestras necesidades. Sin embargo, no siempre nos sentimos vulnerables ante estas situaciones. Entonces, ¿qué es lo que nos hace sentir vulnerables?

Nos sentimos vulnerables cuando tomamos consciencia de dos cosas al mismo tiempo:

– Por un lado, de que dependemos de otra persona para resolver un problema que no logramos solucionar por nosotros mismos;

– Y, por otro, tomamos consciencia de que esa persona nos puede ayudar o no hacerlo.

El sentimiento de vulnerabilidad aflora cuando asumimos que “estamos en manos de otra persona” y la voluntad de mover esas manos es ajena a nosotros. Dicho de otra manera, quizá más complicada pero definitiva; cubrir mis necesidades depende del libre albedrío de un tercero. Desde este punto de vista, no nos sentimos vulnerables en dos casos:

– Cuando tenemos un problema que podemos resolver nosotros mismos.

– Tampoco nos sentimos vulnerables si tenemos confianza plena en que nos van a ayudar. Con frecuencia, en el contexto sanitario, crear una relación de confianza es el elemento que alivia el sentimiento de vulnerabilidad de los pacientes.

Volvamos con la situación en la que se nos ha averiado el coche. En ese caso, si nosotros fuéramos mecánicos de coches no nos sentiríamos vulnerables. Quizá sintamos pereza, pero no vulnerabilidad. Otra opción es que, nosotros no somos mecánicos, pero nuestro mejor amigo sí. En ese caso, dado que podemos dar por sentado que contamos con su ayuda, tampoco nos sentiremos vulnerables. Así, podemos afirmar que la confianza es el antídoto contra el sentimiento de vulnerabilidad.

De una manera algo dramática, podríamos decir que la vulnerabilidad aparece cuando sentimos que nuestro destino “pende de un hilo”. El origen de esta expresión, “pender de un hilo” (y todas sus variantes) se puede encontrar en una fábula muy antigua que procede de la mitología romana, en la que se explica que la vida de cualquier ser humano estaba controlada desde su principio y hasta su fin por tres hermanas hilanderas que eran conocidas como “las Parcas”. Tenían la misión de hilar, con diferentes colores (blanco o negro dependiendo de si iba ser alegre o desdichada) como sería su nacimiento, el transcurso de su vida y cuál sería el momento de la muerte de cada persona. Esta fábula venía a representar ese sentimiento de vulnerabilidad provocado por la falta de control sobre nuestra situación. La vida de cada uno de los mortales pendía de un hilo y eran esas divinidades quienes controlaban el destino de cada uno. Sentirse vulnerables es algo que forma parte de nuestra vida y, por lo tanto, es fácil para todos encontrar ejemplos en los que nos sentimos así.

En general, los pacientes son conscientes de que dependen de nosotros para solucionar un problema de salud que no pueden resolver por sí mismos. Necesitan ayuda y se ponen en nuestras manos con la esperanza de que le demos importancia. Son realistas y se conforman con que les tengamos en cuenta y les ayudemos. Tendrán dudas y sentirán miedo porque saben que podríamos escucharlos o no; tratar de entenderles o no; ayudarles o no hacerlo. Es así de sencillo.

No solemos reparar en que las demás personas tienen libre albedrío, es decir, pueden hacer lo que quieran. No pensamos en ello. Esto podría generarnos mucha ansiedad. En general, damos por sentado que los demás se van a comportar como es esperable. Solemos confiar, por ejemplo, en que los otros conductores se pararán en los semáforos cuando tienen la luz roja. La confianza es la piedra angular sobre la que se apoyan todas las relaciones, desde la Bolsa al tráfico. No es el dinero lo que mueve el mundo, es la confianza. Condiciona todas las interacciones sociales y, por supuesto, también el contexto sanitario.

No pensamos en ello, pero lo cierto es que existe el libre albedrío y todos somos libres para hacer lo que queramos. Este hecho es tan importante que ha influido la evolución humana a lo largo de millones de años. Desde siempre hemos necesitado introducir cambios, en nosotros mismos y en nuestro entorno, con el fin de reducir la libertad de acción. Por eso existe en nosotros una cierta moral innata por la que sentimos qué está bien y qué está mal; además, se seleccionaron a lo largo de miles de años las personas más amables y generosas. Se podría decir que el hombre domesticó al propio hombre. Por otro lado, tenemos una tendencia natural a castigar a los egoístas, aunque nos perjudiquemos nosotros mismos. ¿Qué decir del cotilleo? Nos acompaña desde tiempos inmemoriales como estrategia de control de aquellos que no se comportan como es esperable.

Todo sanitario debe comprender que los pacientes se sienten vulnerables y necesitan saber que cuentan con nosotros. Deben percibir señales que le indiquen que somos sensibles a su situación: hay que prestarles toda nuestra atención, mostrarles comprensión, validar sus sentimientos y enviar muestras claras de que nos vamos a mover para ayudarles.

BASILIO LÓPEZ
Psicólogo y técnico especialista en radioterapia en el Hospital Universitario de Fuenlabrada.

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